03
fev
10

Aconteceu na palavraria: a visita do Atílio Macunaíma

Sexta-feira, 29, o jornalista e poeta uruguaio Atílio Duncan Pérez da Cunha, o Macunaíma,  nos brindou na Palavraria com sua impar simpatia. Veio para lançar seu livro de poemas La bufanda del aviador. Para conversar sobre suas experiências  solo e sobre parcerias, eventos, militância com músicos e poetas uruguaios, argentinos, brasileiros. Para ler seus poemas. E assim foi: a fala do uruguaio embalada pelas canções de Raul Ellwanger. Foi muito legal. A platéia, composta quase que totalmente por músicos, instada por Raul e Atílio, acabou participando da melhor maneira: vários deles vieram ao pequeno palco da Palavraria para apresentar suas canções. Assim foi com Nelson Coelho de Castro, Thedy Corrêa, Daniel Wolf, Fernanda Kruger, Luís Jakka. Belo programa. Valeu Atílio! Valeu, Raul! Abaixo alguns registros fotográficos do encontro e um texto – Los caminos que se abren - que resume a palestra de Atílio.

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Los caminos que se abren

Por Atilio Pérez da Cunha (Macunaíma)

Desde 1969, cuando era poco más que un adolescente, estoy en los medios de comunicación vinculado a la música popular uruguaya.

Mis primeros artículos en publicaciones y periódicos estudiantiles, del colegio secundario y después a nivel universitario, me llevaron a una primera experiencia radial y, posteriormente, a escribir en un diario de tiraje masivo.

En un principio, estaba ligado esencialmente a los músicos de mi generación que, a nivel urbano, experimentaban con la mezcla del rock anglosajón con formas musicales absolutamente uruguayas como el candombe y la murga.

La música popular brasileña y el jazz eran la otras vertientes que nutrían la música que por entonces hacían músicos extraordinarios como Eduardo Mateo, Urbano Moraes, Pippo Spera, entre otros.

En mi caso particular, que no soy músico, sino un simple escuchador y comentador de músicas, la música popular brasileña venía de la influencia familiar, soy nieto de brasileños, así que desde Ary Barroso, Os demonios da Garoa, Luiz Gonzaga hasta Tom Jobim, la bossa, el samba, el choro, entre otras, no eran sonoridades ajenas en mi casa natal.

El golpe de estado de 1964 fortaleció de alguna manera los lazos de la familia con el viejo país, y todas las tristezas de mis tíos y tías parecían evadirse en un choro de Pixinguinha.

Mis abuelos habían caído desde el Norte profundo en el sur del sur, empujados por la ley de gravedad y la miseria, por eso miraban siempre con nostalgia hacia el Brasil, que entraba en nuestra casa en las O cruzeiro, en las músicas que se oían o en los colores del Flamenco.

También en la amargura de aquellas horas inciertas, que hicieron que mi abuela pusiera en la cocina una fotografía de Joao Goulart con la banda presidencial. Una suerte de epitafio de papel para Jango.

En 1970, conocí en Pocitos, un barrio montevideano próximo a la playa del mismo nombre, a un joven poeta carioca, Chico Rodrigues, y a su padre, ex director de Correos de Río de Janeiro, el Coronel Dagoberto Rodrigues.

Ambos frecuentaban por entonces, en un país solidario y ajeno a los golpes de estado y los cuartelazos, a otros exilados brasileños como Darcy Ribeiro y Leonel Brizola.

Uno y otro, en distintos momentos y de distintas ópticas, me acercaron aún mucho más a la música brasileña y sus peripecias.

El Coronel, quien moriría en Montevideo y sin conocer la amnistía, me hizo escuchar discos que yo no tenía de Joao Gilberto, Dorival Caymmi, Tom Jobim y otros grandes maestros MPB.

Por cierto, que con algunos músicos ya habíamos escuchado devotamente ¨Chega de saudade¨ de Gilberto, pero el Coronel Dagoberto aportó discos más recientes a los que no teníamos acceso.

Su hijo, por su parte, me mostró el fenómeno inmenso de la Tropicalia, Caetano, Gil, Capinam, con una búsqueda sensiblemente similar a la que mis compañeros músicos hacían aquí con el candombe y el rock.

¿Por qué no?, la frase de Caetano sonaba coherente con nuestras propias búsquedas artísticas.

Hasta que también probamos la sopa de la doctrina de la seguridad del estado y todas las calamidades que cayeron sobre el Uruguay acompañadas por redobles de tambor y paso redoblados de botas militares.

Entonces hubo que hilar muy fino, apelar a la poesía y a la palabra sutilísima para decir lo que entendíamos que debíamos decir.

Entre 1974 y 1976, debió dejar el país un número muy importante de músicos, poetas, teatristas y gente del arte y la cultura.

De pronto, nos quedamos huérfanos de Alfredo Zitarrosa, Héctor Numa Moraes, Daniel Viglietti, Los Olimareños, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, José Carbajal, Mario Handler, Mario Jacob, Atahualpa del Cioppo y el Teatro El Galpón, por nombrar sólo algunos notables uruguayos que debieron tomar el camino del exilio.

A pesar de la dura represión y la censura instalada, el árbol de la música popular uruguaya, un fenómeno que tenía el país apenas tres décadas de desarrollo original, no se secó. Por el contrario, reverdeció en nuevos creadores como Los que iban cantando, Fernando Cabrera, Leo Masliah, Abel García y muchos otros.

Muchos de nosotros, en esa época, demasiado jóvenes para ser culpables o demasiado viejos para ser inocentes del todo, nos unimos aportando lo que pudimos en lo que se conoce como generación de la resistencia¨.

Unidos, como nunca antes, unos músicos con otros músicos, el instrumentista con el cantor, el cantor con el poeta, el poeta con otros poetas, en un irrenunciable ejercicio de unidad como en un tejido de muchos hilos.

La MPB, Chico Buarque, Milton Nascimento y otros campeones de la resistencia cultural brasileña fueron inspiración y ejemplo para nuestros propios creadores.

Al Sur del Paralelo 30

Hacia fines de 1978, un amigo tejedor que había andado on the road por las playas del litoral riograndense, me trajo un vinilo del desaparecido sello ISAEC de Porto Alegre.

Ahí escuché por primera vez a músicos, hermanos queridos, como Bebeto Alves, Carlinhos Hartlieb, Nelson Coelho de Castro, Claudinho Veracruz y mi parceiro Raúl Ellwanger.

Comencé a tocar ese disco colectivo en la radio, y casi instintivamente percibí que había un destino común, lazos de sangre y música que nos unían regionalmente a uruguayos y gauchos.

No es extraño que un año después, cuando comenzaba el principio del fin de la dictadura uruguaya, invitáramos a Raúl Ellwanger a un recital multitudinario de la música uruguaya en el Estadio Centenario.

Con una perversidad kafkiana, las autoridades permitieron la publicidad en medios masivos del recital, la venta de entradas y el montaje del escenario y todo lo demás, pero, unas horas antes, prohibió su realización.

Raúl Ellwanger, el primer adelantado de la música de Porto Alegre, que venía a tocar en un recital que habría reunido a miles de personas, terminó con nosotros devolviendo el dinero de las entradas y tocando, unas horas después, en una función privada para los colegas y amigos de Montevideo.

Unos días después de la suspendida actuación del Estadio Centenario, viajamos a Porto Alegre con el director de teatro Luis Vidal y el músico Yabor, a la realización de ¨Explode 80¨, un recital colectivo en el Araújo Vianna.

Desde ahí, llevo casi treinta años, difundiendo los discos de Raúl Ellwanger, Nelson Coelho de Castro, Bebeto Alves, Carlinhos Hartlieb, músicos que considero mi turma.

Pero también de los nuevos creadores como Orestes, Mario Falcão, Richard Serraria, Vitor Ramil, etc.

Toco sus músicas en la radio, Emisora del Sur 94.7 FM (pueden oírla por la Internet: www.sodre.gub.uy), una de las cuatro radios estatales uruguayas, como mi amigo César el tejedor urdía los hilos en su telar.

Esas músicas son vigas de un puente que estamos construyendo entre uruguayos y riograndenses, al sur del sur.

Un día y otro, llega a Porto Alegre un Daniel Drexler, una Ana Prada o un Sebastián Jantos desde nuestra querida Montevideo, reconociéndose en la milonga y otras músicas con sus pares de aquí.

Un día y otro, pero aún muy lejos de la frecuencia que quisiéramos, llegan a nuestra ciudad jóvenes creadores como Mario Falcão o Richard Serraria.

Esas voces comienzan a integrarse a nuestro ámbito auditivo, hecha añicos la precaria barrera del idioma.

Así que los que estamos en el medio artístico-cultural comenzamos a soñar con caminos que se abren, de ida y vuelta para nuestros músicos, poetas, teatristas y artistas en general.

Porque, como dijo el poeta, ¨no se puede vivir sin el pan y sin la camisa, pero tampoco sin sueños¨.

El nuestro es un sueño alto y de enorme claridad: la efectiva integración cultural regional.

Nos falta aún mucho por hacer, el gobierno recién electo en Uruguay deberá abordar, entre otros temas domésticos, el tema de una integración cultural más concreta y real.

La integración cultural regional no puede quedarse en los discursos y en las palabras floridas, es una tarea insoslayable del tiempo que viene.

Porque hoy resulta mucho más fácil para un creador de Montevideo tocar en Madrid que en Porto Alegre, y al revés sucede exactamente lo mismo.

(Bebeto, Raúl, Nelson,¿cuánto hace que queremos verlos en Montevideo?)

Es tiempo de acabar con estas absurdas barreras que balcanizan una región del sur que tiene mucho en común en sus formas musicales, en la cultura y la sensibilidad imperantes, en las costumbres, etc.

Por eso, estoy aquí, junto a mis hermanos cantores y creadores, en mi doble condición de periodista y de poeta, acompañando este sueño posible que es la integración de nuestras patrias musicales

Porque con Juan Cunha, un poeta mayor de mi tierra, aprendí que ¨Si soñamos, fue con realidades¨.

Atilio Duncan Pérez da Cunha

(Macunaíma)

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